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Entre la creación de “consenso” y los rebrotes de violencia

by Andreu Jerez. Average Reading Time: almost 6 minutes.

“Algo ha pasado en Ankara. Un coche bomba, parece”, me dice nervioso Murat Sofuoglu, coordinador de la ONG Ekopoltik, tras atender una llamada y colgar el teléfono. El diario on-line de izquierdas y pro-derechos humanos Bianet informa de una “explosión en un minibus” en una céntrica calle de la capital administrativa de Turquía, cerca de un edificio gubernamental y una escuela. Hay al menos tres muertos y de decenas de heridos, además de numerosos coches destrozados y cuantiosos daños materiales. Aunque el ministerio del Interior turco no confirma en un primer momento que se trate de un ataque terrorista, las agencias ya apuntan justo después de la explosión a la autoría del PKK: en opinión de los “expertos en seguridad” a los que suelen recurrir las agencias, para los islamistas radicales no tiene mucho sentido realizar un ataque en Ankara, donde precisamente está el Gobierno islamista moderado del primer ministro Erdogan, mientras que para los círculos de la debilitada extrema izquierda el atentado parece demasiado bien preparado.

La jornada de violencia no acaba con la explosión de Ankara. La pasada noche, cuatro mujeres murieron y dos resultaron heridas en un ataque con bazukas y armas ligeras contra un coche situado frente a una academia de policía en la ciudad suroriental del Siirt, de mayoría kurda. Las autoridades responsabilizan directamente al PKK. El Gobierno ya parece estar preparando como respuesta la próxima campaña militar aérea contra posiciones del grupo armado kurdo en las montañas del sureste y dentro de las fronteras de Irak. Todo ello mientras el Gobierno reconoce contatos con el PKK en Noruega, lo que hace un poco más confusa si cabe la actual situación.

Todas estas noticias son motivo de preocupación para Murat y su organización: precisamente, uno de sus proyectos es la mediación entre las diferentes posiciones existentes en el conflicto entre la minoría kurda y el Estado turco. “Usamos un sistema de encuentros de dos días en los que participan desde personas próximas al PKK hasta nacionalistas turcos más radicales; es decir, personalidades que representen todas las posiciones del espectro ideológico del conflicto: la primera jornada se celebra a puerta cerrada, y en la segunda, tras el debate entre las partes, cada una de ellas presenta sus conclusiones, recomendaciones y propuestas”. Durante los últimos años, Ekopolitik ha celebrado este tipo de mesas redondas tanto en los distritos más sensibles del sureste del Estado turco, como Hakkari, como incluso dentro del territorio iraquí fronterizo on Turquía, donde el PKK mantiene posiciones militares.

Murat Sofuoglu, coordinador de la ONG Ekopolitk

Murat me explica sentado en su oficina de Estambul que estos encuentros intentan crear un “consenso” en un conflicto en el cual hay dos puntos historiográficos radicalmente opuestos: “Mientras el BDP y el PKK consideran que la raíz del conflicto reside en la misma creación de la República de Turquía en 1923, que supuso la negación del carácter multinacional y multicultural de sus ciudadanos y la consecuente asimilación de minorías como la kurda, los nacionalistas  turcos y los kemalistas opinan que el conflicto fue creado por poderes exteriores al Estado que han estado intentando desestabilizar así la República creada por Mustafa Kemal Atatürk. Algo que en opinión de los kemalistas ya ocurrió durante el Imperio Otomano hasta su hundimiento durante la Primera Guerra Mundial”. Si las posiciones sobre el origen del conflicto difieren de tal manera, uno se puede imaginar cuán difícil será crear un consenso suficientemente amplio que permita encontrar apoyo social para construir una solución.

“La iniciativa democrática puesta en marcha por Erdogan en 2009 ha supuesto pasos fundamentales en el marco de proceso, pero en este momento nos encontramos varados: después de la concesión de derechos lingüísticos y culturales para los kurdos, ni el Gobierno de Erdogan ni el BDP ni el PKK parecen dispuestos a hacer más concesiones”, concluye Murat. El profesor de economía y política Kemal Kirişki, de la elitista “Universidad del Bósforo, comparte la opinión de Murat y hace hincapié en que el nudo del conflicto pasa por la reforma de la propia estructura estatal de la República de Turquía: “El gobierno de Erdogan ya ha cumplido con las exigencias fundamentales de la UE respecto al respeto de los derechos culturales de la minoría kurda. Pero obviamente ello no soluciona el conflicto, pues éste demanda reformas políticas que van más allá de los derechos culturales”, me comenta el profesor Kirişki en su despacho de la universidad, atrincherado tras una mesa abarrotada abarrotada de papeles y libros.

Kemak Kiriski, profesor de economía y política, Universidad del Bósforo

Así las cosas, una reforma del Estado que supusiese la concesión de cierta autonomía para el Kurdistán podría ser la solución de la “cuestión kurda”. Algo rechazado rotundamente por la mayoría de la sociedad turca. “Si le das autonomía a los kurdos, entonces la pedirán los armenios, y luego los árabes de la costa mediterránea, y después la minoría griega ortodoxa, y entonces Turquía desaparecerá como Estado”. Ésta es una opinión bastante generalizada en los bares y cafés de Estambul, incluso entre aquéllos que se consideran comunistas o de izquierda, como es el caso de Sarhan, un joven empresario cuya familia ni siquierda procede originalmente de Turquía, sino del Líbano.

¿Y qué hay del papel de la UE y la Comisión Europea? “Su capacidad de influencia en el conflicto kurdo es muy limitada, porque el proceso de transformación estatal sólo puede ser interno. Las instituciones europeas no pueden exigir a Ankara que conceda autonomía política y administrativa al Kurdistán turco porque esa demanda incluso excede sus propios criterios de negociación con Turquía. Es por eso que la Comisión hace en este momento tampoco ruido acerca de la ‘cuestión kurda’, que, si me permites la expresión, es poco más que irrelevante en el proceso de negociaciones de acceso entre Turquía y la UE”, concluye el profesor Kirişki. Por tanto, la transformación del Estado turco en un sistema semifederalista o autonómico parece algo improbable, y, consecuentemente, también la solución del conflicto a medio plazo.

Paralelamente, y una vez que islamismo moderado del AKP se ha impuesto definitivamente al secularismo institucional vigilado hasta ahora por el Ejército, Turquía parece alejarse cada vez más de la senda de la integración en la UE para decantarse  por un papel de potencia regional que mira más hacia a Oriente Próximo y el Este que hacia Bruselas. El llamado modelo euroasiático: “Nosotros no necesitamos a la UE, es la UE la que nos necesita a nosotros”, sentencia con orgullo el joven empresario Sarhan, repitiendo un patrón ideológico marcadamente nacionalista.

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